Crónica del jueves de la 14ª edición del Contempopránea.
Texto: El Príncipe de Beukelaer
Imágenes: El Gallo Verde

Hola amigos, me estreno en este blog a petición de los miembros del Gallo Verde, que me han insistido mucho (entre risillas maliciosas, no sé porqué) en que yo precisamente escribiese una pequeña crónica de lo que había podido vivir en la jornada del jueves del Contempopránea de este año; y la verdad, no sé porqué han insistido tanto en que escribiese precisamente de este día, argumentan que yo mejor que nadie podía dar fe del espíritu de la “fiesta de bienvenida”, lo cierto es que yo los jueves es el día que mejor me lo paso, el viernes suelo estar con dolor de cabeza y el estómago revuelto y no sé porqué, supongo que alguna explicación tendrá.
Muchos os acordaréis de mí aunque ahora no me pongáis cara, pues hablé con muchos de vosotros (algunos erais ya lectores del blog, otros no) y alguno me invitasteis incluso a alguna copa (vale, quizás no explícitamente y la copa me la eché yo) porque al final de la noche a mi botella sólo le faltaban un par de copas y sospecho que algo más sí que bebí; además creo que os caí bien porque no parabais de preocuparos de que no me perdiese de mis amigos y el viernes por la mañana muchos os acercasteis a mis compañeros para preguntarles por mi estado de salud y para decirles lo agradable y simpático que había estado la noche anterior.

Pero bueno, no quiero demorarme más; seguramente cualquier cosa que os pudiera contar de mí ya os la conté ese día. Voy a intentar centrarme en lo que dio de sí esa jornada del jueves, aunque ya de antemano os pido disculpas por las posibles inexactitudes de tiempo, nombres, lugares y demás, ya os digo que tengo un recuerdo un poco borroso de esa noche, creo que me sentó algo mal.
Llegamos temprano a la plaza de Alburquerque, era todavía de día creo, frescos como una lechuga gracias al refrescante rebujito que habíamos tomado durante el día, mientras montábamos las tiendas. Lo primero que hicimos fue ir, botellón en mano, a la oficina de turismo a que los Gallos Verdes se acreditasen, pero tuvieron problemas con las agradables señoritas que se encargaban de ello, pues sus invitaciones estaban en una lista tan privada tan privada que ni ellas la conocían; al final vino un amable señor, un tal Agustín que debe ser el alcalde del pueblo, dijo “Geoffrey, saca a Lucille” y los Gallos Verdes fueron inmediatamente acreditados. También en ese lapso de tiempo conocimos a Alejandro Masferrer, autor del genial cartel del Contempopránea, con sus muñequitos y sus nubes de colores. Desde aquí le mando un saludo.
El caso es que nos pusimos a hacer botellón junto a los chicos de The Wish, más buena gente que un taburete, y que el día siguiente (y de eso sí me acuerdo perfectamente) darían un conciertazo como la copa de un pino; les acompañaba Ángela Urtoller aka Angie Lee en calidad de road manager o algo por el estilo, y que está incluso más guapa así que de bajista misteriosa. También estuvimos con un chaval que me presentaron como Javier Solís, que me dijeron que escribe en prensa, pincha en salas y hasta tendrá un trabajo serio; todo un renacentista del siglo 21, vamos.
Como digo, hicimos botellón mientras veíamos los conciertos; para quien no lo sepa, la fiesta de bienvenida consiste en montar un escenario en la plaza del pueblo, donde los festivaleros se mezclan con los lugareños, y tocan algún grupo de cierto renombre junto con los finalistas del concurso de maquetas y algún que otro grupo enchufado para rellenar; vamos, como una verbena de pueblo pero a lo bestia. Al final un DJ pincha un rato, la gente se marcha a los bares del pueblo y todo se vuelve muy, muy borroso.
Los primeros en salir fueron unos chicos de Alburquerque que visten un poco raro, Tennis se llaman, pero no debieron tocar mucho pues estuvieron todo el rato como haciendo pruebas de sonido, no sé aquello no sonaba muy bien; luego estarían hablando un rato con el Tesorero, igual de amable que cuando le llaman de orange para darse de alta en el ADSL (que ya tiene), pero la conversación se desvió cuando apareció el chico de Starsky Records que fue abordado por los tennistas, y El Tesorero se fue a saludar a un tal Porrero que tiene un blog muy didáctico y divertido.
Después llegó el turno del 3er y 2º clasificados del concurso de maquetas del Contempopránea. Lentejas Los Viernes son de Sevilla y sus canciones son como de power pop agridulce, como lo de los chinos; tocaron bien aunque no sonaron muy allá, fue entonces cuando me di cuenta de que la culpa no iba ser tanto de los grupos y sí del sonido contratado; la verdad es que el sonido en todo el Contempopránea fue sobresaliente pero el del jueves sonaba como cuando enchufo el ipod al cassette del coche; o peor. Como decía, los Lentejas molaron y la gente se lo pasó bien con ellos; por aquel entonces yo ya lo veía todo un poco borroso, pero recuerdo que tocaron “Nadadora” de Family, como homenaje al sello Elefant. De entre sus temas propios, recomiendo “Volando”, inexplicablemente de las menos escuchadas en su myspace.
Tras ellos tocaron los Guatafán, banda valenciana de electro-pop al más puro estilo La Casa Azul (lo dice todo el mundo, lo dicen hasta ellos, ¿por qué no lo iba a decir yo?). Molan un montón, su canción que más me gusta es una que se llama “Como un fan”; además, otra de sus canciones fue escogida como sintonía de presentación de los grupos para este Contempopránea, una canción que se llama “La Merienda” (anda, qué casualidad, como el programa de radio de Agustín). Luego María Guatafana bajaría a charlar con el público, se paró con nosotros y nos regaló unas maquetas del grupo; qué simpática, es la más guapa de todas las de Guatafán.
Los últimos en tocar fueron unos que se llaman The Yellow Melodies, que con ese nombre podrían ser de Oklahoma pero son de Murcia; su cantante y líder es un señor que se llama Rafa Spam o algo así, que tienen un fanzine supercurrado que se llama Planeta Amarillo y que al parecer siempre está de vacaciones. Por lo demás, el concierto estuvo muy bien, cantan en inglés y se parecen a esos grupos británicos que me pone John Nash en el despacho. No puedo decir mucho más porque, francamente, no lo recuerdo.
De lo que sí me acuerdo es que después de tanta banda montaron en el escenario un estalache de mesas de mezclas y platos de dj, y con esto salieron dos chavales vestidos de Zipi y Zape pero en rosa; las pintas auguraban lo peor, pero me equivoqué: Los Chicos Malos (como en la canción de La Casa Azul) fueron la bomba pinchando y al segundo tema ya tenían a todos los presentes (incluso a los conservadores jóvenes lugareños) saltando y cantando los temas que iban poniendo, un repertorio muy muy variadito a base de clásicos indies, otros menos clásicos, otros menos indies y en definitiva temazos con el denominador común de hacer que el público se lo pasara en grande. Los Chicos Malos estuvieron muy divertidos, haciendo el chorra sobre el escenario, agitando los brazos, azuzando al público al desfase o interpretando ridículas y vistosas coreografías. En conclusión, excelentes en su papel de animadores de la fiesta y maestros de ceremonia, un gran acierto por parte del festival al traerlos este año y una alegría para muchos si el año que viene repiten, pero en jornada oficial (que aunque sea, me los llevo a dormir a mi casa).
Cuando el dj termina y los técnicos empiezan a recoger el estaribé, finaliza la fiesta de bienvenida oficial y empieza la extra-oficial, que consiste en irte a conocer el medio autóctono del pueblo, es decir, sus calles y sus bares. En esta categoría, el rey absoluto es el Cómic, clásico de visita obligada por los festivaleros que sin embargo se peta tanto de gente que resulta casi imposible entrar y pedir una copa (como una irónica alegoría de lo que supone en general el festival); pero siempre puedes ir a reunirte con los poppies en el exterior del local, tomarte el final del botellón mientras escuchas la música que se oye desde fuera y si ves un hueco en algún momento, pues te cuelas y te pides un wiskycola.
Por supuesto, la noche del pueblo te invita a más, hay un montón de pequeños y acogedores bares por la zona que esas noches se disfrazan de indies, sólo que por lo general a esa hora no sueles ni distinguir entre uno y otro y ni te acuerdas de sus nombres. Y si no siempre hay gente, un montón de festivaleros desperdigados por las calles dispuestos a pararse a hablar con un simpático desconocido.

Al final, aunque conocí a un montón de gente e hice un montón de amistades, son tus amigos de siempre los que te sacan del tumulto y te llevan sano y salvo al cámping diciendo eso de “no beba más”, aunque la última copita (o copitas) junto a la tienda no te la quita ni dios; lo justo para irte calentito a la cama, que mañana será otro día.
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